Magnifica Humanitas
En el discurso educativo contemporáneo, la tecnología se presenta como la gran promesa de personalización. Se nos dice que los algoritmos permiten adaptar la enseñanza a cada individuo, ofreciendo un camino único para cada estudiante. Sin embargo, esta aparente ventaja encierra una paradoja: lejos de diversificar la experiencia, tiende a reducir el aprendizaje a patrones estadísticos que homogenizan más que diferencian.
Miércoles 29 de junio de 2026
Los algoritmos educativos no están diseñados para ser neutrales, sino, para optimizar y predecir, y en ese proceso terminan por encerrar a los estudiantes en cámaras de encierro en idea similares, limitando la innovación y así el cambio real dentro del aula.
Tradicionalmente, la autonomía se entendía como la posibilidad de aprender a un ritmo personal. Hoy, en cambio, transitamos hacia un modelo donde el estudiante aprende dentro de un perfil predefinido y cronodependiente. El algoritmo, al basarse en datos pasados, predice el siguiente paso y elimina un componente esencial de la educación: la sorpresa. Si el camino está trazado de antemano, se pierde la posibilidad de encuentros fortuitos con lo desconocido.
Diversas plataformas digitales aplican una lógica de mercado al aprendizaje. El resultado es un encapsulamiento informativo que prioriza lo que funciona estadísticamente y excluye lo disruptivo. Así, el estudiante recibe confirmación de lo que ya sabe o prefiere, pero rara vez se enfrenta a la confrontación de ideas, que es la base del pensamiento crítico.
El aprendizaje auténtico requiere fricción, error y encuentro con lo inesperado. Frente a ello, la flexibilidad algorítmica resulta ilusoria: como un parque temático con mil caminos, pero todos controlados dentro de un mismo entorno cerrado. En los procesos de formación donde el saber adquiere valor por sí mismo y no únicamente por su eficiencia utilitaria, la innovación aparece como fuerza que rompe patrones, mientras que el algoritmo se orienta a optimizarlos. Si la formación de los estudiantes se limita a privaciones informativas predecibles, su apertura al cambio y su capacidad de generar pensamientos originales se verán reducidas, restringiendo el horizonte de posibilidades que el conocimiento, en su dimensión autónoma, puede ofrecer.
Hacia una recuperación de la agencia pedagógica, la solución no pasa por desatender los algoritmos, sino por recuperar o fortalecer el agenciamiento de docentes y estudiantes frente a ellos.
En este contexto, se propone que el rol del docente se aproxima al de un gestor pedagógico, es decir, alguien que selecciona, organiza y dispone los saberes no como piezas cerradas, sino como invitaciones a la exploración crítica y creativa. Este acto no es accesorio, sino parte de la responsabilidad ética del educador/a que invita a abrir caminos de sentido, habilitar la diversidad de perspectivas y sostener los espacios educativos, como lugares donde el conocimiento se cultiva en libertad, más allá de la utilidad inmediata.
Por Dr. Marcelo Palominos Bastías
Académico Facultad de Educación
Universidad Católica Silva Henríquez